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'Salvar al buitre'. La voz de los barrios tristes

hace 4 años en milenio.com
'Salvar al buitre'. La voz de los barrios tristes

Noticia. Ciudad de México La historia es conocida: en 1993 Kevin Carter fotografió en Sudán a un niño famélico y moribundo, acechado aparentemente por un buitre. Carter, se cuenta en una de las tantas versiones que circulan sobre la historia de esa fotografía, aguarda cerca de veinte minutos para conseguir el encuadre perfecto. Dispara. Se retira. Gana el Pulitzer en 1994. La foto es motivo de indignación: ¿qué sucedió con el niño? ¿Quién es el verdadero depredador, el buitre o el fotógrafo? ?Debes entender ?escribe Armando González Torres? que el fotógrafo no pretendía salvar al niño, sino salvar la imagen del buitre sobrevolando la humanidad caída?. Así comienza el primero de cinco apartados de Salvar al buitre (Cuadrivio, 2015), con la evocación de una imagen que afirma la disparatada tensión entre la estética y la benevolencia hacia el género humano. Posiblemente, ése es también el retrato de la condición poética: la música lisonjera y las bellas palabras retratando la ilusión humana sin futuro y desamparada. El buitre, el niño, el fotógrafo. Un instante. Un fragmento dramático y agudamente irónico de nuestra realidad sirve como un pretexto para iniciar una reflexión ?quizás una introspección? en el segundo apartado, sobre la memoria y el olvido en la infancia. ?¡Qué ansias por atisbar el territorio de la infancia!?, escribe González Torres. De la infancia tenemos solamente fragmentos. Los aforismos son eso: fragmentos, recuerdos comprimidos, pensamientos atomizados, generalmente inconexos. Hurgar en la memoria es, por paradójico que parezca, encontrarse con instantes perdidos, olvidados. La reconstrucción fragmentaria de un pasado fragmentario despierta una irreparable nostalgia de la que somos testigos y a la vez partícipes porque la infancia nos es algo común. Nos encontramos en estos fragmentos, en estos aforismos, instantes que son también nuestros como lectores: la infancia doliente, con sombras y claroscuros, risas, golosinas y juguetes. La infancia es un pasado que no reconocemos sino con ese morbo que nos recorre muy de vez en cuando, por razones absolutamente fortuitas; nos asalta la incómoda pregunta por el yo: ¿quién soy yo? ?Soy un autor ?apunta González Torres? que no es capaz de salir de la primera persona, no de ahondar en la primera persona, ni de recordar nada de esa primera persona?. Y más adelante: ?Los recuerdos más hermosos de mi vida son de ocasiones en que he perdido la memoria?. Será que en realidad somos eso que hemos olvidado. Los aforismos que conforman este segundo apartado son, me atrevo a decirlo, profundamente filosóficos. Con una escritura simple, intuitiva, empática, y muy inteligente, González Torres explora el papel de la memoria y el olvido en la construcción de la primera persona. Remueve en nosotros un montón de piezas sueltas pertenecientes a nuestro pasado y que consciente e inconscientemente hemos borrado o hemos elegido como si así fuese posible auto?conocernos. Escribe: ?El exceso de recuerdos es nocivo para vivir placenteramente, para ese buen propósito solo se deben poseer suficientes ambiciones y apetitos, así como unas vagas remembranzas justificantes?. ?Desplegamos la astucia más aguda tratando de aliñar nuestros recuerdos de la infancia?. ?Pero la desmemoria también es ingeniosa, pues estamos más gobernados por lo que olvidamos que por lo que recordamos?. El recuerdo es también un asunto filosófico: concebimos nuestro pasado como un conjunto de recuerdos discontinuos e inconexos; quizá por ello la imaginación rellena esos huecos desde el presente que ya somos. No sabría decir por qué, pero con frecuencia en nuestras remembranzas aparece el barrio de donde fuimos. La atmósfera del barrio siempre es inquietante. Yo no sé si los barrios son tristes en sí mismos o si nosotros los volvemos tristes cuando miramos en ellos los episodios más propicios para hablar de quiénes fuimos y quiénes somos. ?En mi infancia conocí un barrio tan triste que una panadería relumbraba como un templo?, se lee en ?Recuerdos de los barrios tristes?, el tercer apartado del libro. ... Ir a su fuente.


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